Tremendo momento en un barrio urbano de Paraná, Entre Ríos, donde se llevó la sorpresa de su vida cuando, al abrir la puerta de su patio, descubrió un yaguarundí (Herpailurus yagouaroundi) de apenas un año de edad merodeando entre las macetas. El felino, de pelaje liso y sin manchas, fue capturado con cuidado por personal de fauna provincial y trasladado a un centro de rescate para evaluar su salud y planificar su eventual retorno a un área protegida.
Cabe destacar que este hallazgo no solo sorprendió a los vecinos, sino también a biólogos y conservacionistas, que advierten sobre la creciente fragmentación de su hábitat y la falta de estudios sistemáticos sobre la especie. A pesar de que el yaguarundí se distribuye desde el sur de Texas hasta el norte de la Patagonia, su presencia en zonas urbanas es excepcional y suele interpretarse como un indicador de estrés ambiental.
¿Qué es el yaguarundí o “gato nutria”?
-
Morfología: mide alrededor de 60–80 cm de longitud corporal, con cola larga (hasta 70 cm) y patas cortas. Su pelaje puede variar de un tono rojizo a gris oscuro, lo que lleva a compararlo con una nutria más que con un gato clásico.
-
Peso: de 3,5 a 9 kg.
-
Hábitos: diurno y de movimiento sigiloso; caza aves, roedores, peces e insectos. A diferencia de otros felinos, se mueve principalmente por el suelo, aunque trepa con facilidad.
Aunque la UICN lo cataloga como de “preocupación menor”, estudios recientes basados en más de 650 sitios de monitoreo y casi 4.000 cámaras trampa estiman una población continental entre 35.000 y 230.000 individuos, cifra baja para su amplia área de distribución.
Nuevo foco de alerta conservacionista
Investigaciones lideradas por expertos como Bart Harmsen (Panthera) y Anthony Giordano (SPECIES) revelaron que:
-
Distribución fragmentada: las zonas con vegetación arbustiva cercana a áreas rurales tienen mayor probabilidad de presencia, mientras que regiones amazónicas y andinas muestran registros muy escasos.
-
Pérdida de hábitat: la expansión agropecuaria y la urbanización masiva han reducido y aislado los corredores biológicos necesarios para mantener poblaciones conectadas.
-
Insuficiente monitoreo: su pelaje liso dificulta la identificación individual en cámaras trampa, y su comportamiento diurno lo hace menos sospechoso de depredación ilegal, relegándolo de las campañas de conservación.
Giordano subraya que “el yaguarundí es un enigma vivo: sin atractivo comercial ni un gran perfil mediático, su rol ecológico como regulador de presas pequeñas es vital, y su declive pasaría desapercibido hasta que fuera demasiado tarde”.
El caso entrerriano: un llamado de atención
El ejemplar juvenil rescatado en Paraná permanece estable y, tras los chequeos veterinarios, se planifica su reinserción en un área protegida cercana. Sin embargo, biólogos locales advierten que el suceso debería servir como alerta temprana para:
-
Intensificar los censos con métodos adaptados al yaguarundí (por ejemplo, cámaras de alta definición y detección de huellas genéticas).
-
Identificar y conservar corredores ecológicos entre fragmentos de bosque y riberas de ríos.
-
Sensibilizar a la población urbana sobre la fauna silvestre que acecha al límite de la ciudad.
La aparición del “gato nutria” en un ambiente doméstico demuestra que, incluso especies de “preocupación menor”, pueden estar atravesando un riesgo inminente ante el avance humano. Ahora, el desafío es recuperar datos de campo y cooperación multisectorial para asegurar que el próximo registro sea en su hábitat natural, y no en el patio de alguna casa.